REMINISCENCIAS

Llegué a esta ciudad en el año mil novecientos cincuenta y siete cargada de ilusiones y con decidida vocación por la enseñanza. Era muy joven y venía a dar clase de Física y Química en el Instituto Laboral Luis Vélez de Guevara. El actual San Fulgencio no existía entonces, pero comenzó a edificarse poco después, en los primeros años sesenta. La docencia en el nuevo centro San Fulgencio fue implementándose de la mano de una nueva Ley de Educación en la que la edad de ingreso para los nuevos estudiantes era 14 años, en lugar de 10 como previamente. Uno a uno fueron implementándose los tres cursos del bachillerato unificado polivalente (BUP) y el Curso de Orientación Universitaria (COU) de la nueva Ley. Paralelamente, el Instituto Luis Vélez de Guevara se transformó en un centro de formación profesional y todo el profesorado de enseñanza media, yo incluida, pasamos al San Fulgencio.
Para mí este instituto fue mi segunda casa, pasé mucho tiempo en él, hice grandes amigos y forjé mi profesión de profesora y educadora con la que me defino actualmente y que me ha hecho sentir una mujer realizada, plena y feliz. Pude hacer realidad mi vocación personal en el San Fulgencio.
Cuando comencé a impartir clases allí era todo nuevo y el claustro lo formábamos unos ochenta profesores. Casi desde el principio, el edificio quedó pequeño para el elevado número de estudiantes por lo que construyeron unas aulas prefabricadas en la parte de atrás del patio donde actualmente está el aulario, y allí se establecieron, los COU, los cursos de los alumnos más mayores.
En los primeros tiempos, la formación que se impartía en el San Fulgencio no era obligatoria y, por ello, los alumnos llegaban con muchas ganas de aprender y el fracaso escolar era más limitado de lo que es actualmente. Eran otros tiempos, otra sociedad, con sus ventajas e inconvenientes. Quizá más pobre y escasa de recursos, pero por ese mismo hecho cargada de ilusión y consciente de que el aprendizaje era sinónimo de esa libertad que hacia muy poco se acababa de recobrar. Muchos profesores teníamos un compromiso personal con nuestros alumnos que iba más allá de su formación, no sólo les enseñábamos nuestras materias, sino que también les ayudábamos y aconsejábamos en el ámbito personal, por encima de lo meramente académico, estableciendo con ellos relaciones duraderas muy entrañables. Me siento una profesora muy querida y creo no equivocarme diciendo que he sido amiga de mis alumnos.
Yo era catedrática de Física y Química, lo que me convertía en jefa de seminario. La Física y Química, además de mi profesión, he tenido la gran suerte de que sea mi hobby. A los alumnos esta asignatura les parecía por lo general muy difícil. No os podéis imaginar lo arduo que resulta hacer cambiar a chavales de 13 ó 14 años sus ideas preconcebidas y no del todo correctas, sobre magnitudes que para ellos son cotidianas como, por ejemplo, masa, velocidad o aceleración, y meter en sus cabezas el concepto físico correcto y, a partir de ahí avanzar con lecciones aún más difíciles y nociones más abstractas y complejas. Es una labor complicada, pero también es muy reconfortante que los alumnos asimilen nuevos conceptos y amplíen su visión de la realidad.
Estuve tantos años en el centro que acabé siendo la más veterana, por ello, a mis compañeros de seminario más nóveles les guie en la elaboración de los programas de sus asignaturas tal como hicieron los profesores que me precedieron conmigo.
En el San Fulgencio, hemos vivido grandes transformaciones sociales derivadas de las transformaciones políticas. Fuimos de un régimen dictatorial a la democracia pasando por unos años de transición que fueron en ocasiones tumultuosos. Sufrimos huelgas interminables, manifestaciones reprimidas por las fuerzas del orden en las que me consta que participaron muchos de nuestros estudiantes de entonces, carreras atropelladas huyendo de las bolas de goma de la policía frente al propio instituto… Fuimos testigos de un intento de golpe de estado que nos mantuvo durante dos días con el alma en vilo. La comunidad educativa, que formábamos profesores, alumnos y personal de administración y servicios, como no puede ser de otra forma, no fue ajena a todos estos cambios y la convivencia no estuvo exenta de problemas. Cuando aún no existían las redes sociales, ni internet y ni siquiera teníamos ordenadores. Las relaciones entre todos nosotros se modelaban de una manera muy distinta a como se hace hoy en día. La comunicación oral era indispensable. La amistad, la colaboración, la participación social e incluso las rencillas o el amor no se entenderían sin ese contacto personal cuyo nexo de unión era el Instituto. Este centro no solo era un lugar de enseñanza, sino que era uno de los foros sociales más influyentes de una juventud que en pocos años se convertiría en el motor social y económico de nuestra ciudad.
Durante varios cursos organizamos un concurso de arroces en el que los componentes de cada grupo competían con los demás para preparar el mejor arroz. Era muy divertido, ayudaba a la convivencia y permitían un acercamiento más informal entre todos. En estas reuniones los alumnos llegaron a repartir premios naranja, limón y plátano entre los profesores. Naranja al mejor, limón al más agrio y plátano al más guapo. Me satisface haber sido una vez premio naranja.
Podría contar miles de anécdotas del San Fulgencio, pero me despido recordando que ha sido la fuente inicial de conocimiento y formación de tantas personas maravillosas, tantos ecijanos que comenzaron su formación allí y hoy son grandes profesionales y sobre todo grandes personas. He sido muy afortunada de haber formado parte de la historia de este lugar y este “sitio” y lo que ello representa siempre formará parte de mis más entrañables recuerdos y me acompañará hasta el último de mis días.

Écija, 4 de diciembre de 2021
Conchita Boy Martínez

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