Cuando, después de doce años trabajando como Profesor de EGB (es como se le
llamaba por entonces a la Educación Primaria), de estudiar Historia en la UNED
y de sacar oposiciones para Profesor de Secundaria, me dieron destino en San
Fulgencio (por entonces, aún, Instituto de Bachillerato San Fulgencio); debo
reconocer que, sin entrar en “modo pánico”, sí que sentí un poco de miedo, de
presión y mucho respeto. De ese momento, recuerdo con todo el cariño de que
soy capaz, las palabras de mi padre cuando se lo conté; “espero que ahora si te
pongas traje y corbata como el resto de los profesores”, me dijo. Mi madre y él
han sido y serán siempre los dos grandes pilares sobre los que se apoya todo lo
que he llegado a ser y hacer en la vida.

En realidad, en cuanto conocí mi nuevo destino, se me amontonaron en mi
interior otros momentos del pasado, en ningún caso exento de dificultad: mi
primer día en el Colegio de Las Mínimas en la calle Tello, camino de los once
años, cuando mis padres se vinieron del campo a la ciudad; mi llegada al propio
San Fulgencio como estudiante unos meses después; e incluso mi primer día de
trabajo como maestro en el Colegio Bernardo Barco de La Campana, en un
preescolar de 4 y 5 años, allá por el 11 de abril de 1980. Estaba convencido de
que lo volvería a pasar mal, en ese intento totalmente legítimo (a veces se me
presentaba casi como una necesidad) de quererlo hacer todo muy bien desde el
primer instante. Y, aunque es verdad que, además, me imponía bastante la
presencia de parte del profesorado que me habían dado clases durante mi época
de estudiante; debo reconocer que me equivoqué. El recorrido y el bagaje que
me acompañaba tras doce años trabajando en primaria, toda la colaboración que
encontré desde el primer momento en el resto del profesorado; así como la
claridad con que afrontaba lo que a mi entender debía ser la enseñanza (mi paso
por el Colegio Blas Infante no había sido en vano); me llevaron muy pronto a
integrarme en el Centro, empezando a romper barreras desde mi punto de vista
innecesarias, y a desarrollar mi labor profesional con total normalidad. Y en muy
poco tiempo, el ambiente y las conversaciones de la Sala de Profesores o los
pasillos del Centro, empezaron a resultarme muy agradables.

Mi planteamiento, aunque ha tenido que evolucionar en cuanto a la
nomenclatura, porque ya sabemos lo que pasa en la enseñanza con el nombre
de las cosas; se ha mantenido siempre fiel a un principio muy sencillo; “a partir
de los contenidos de la asignatura que me tocase impartir, intentar sonsacar y
hacer posible el desarrollo de lo que el alumnado lleva dentro”. Y bien pronto
descubrí que, por encima de los recelos de algunos compañeros y compañeras
hacia mis formas o estilo, que también los hubo; en San Fulgencio podía seguir
trabajando con la misma independencia y libertad con que lo había venido
haciendo en los nueve centros de primaria por los que había pasado
profesionalmente con anterioridad.

Nunca tuve la sensación de hacer nada extraordinario. Solo intentaba sacar el
potencial de cada persona, enseñarla a pensar y a ser crítica con el mundo que
la rodea. Eso sí; abriendo al máximo los canales de comunicación con el
alumnado (si quieres comunicar, es necesario que el mensaje llegue); y,siempre,
desde la libertad, el respeto y la tolerancia; especialmente, con quienes no
compartimos la forma de ver las cosas. Para ello, partía de que una sola acción
vale mucho más que todas las palabras del diccionario. ¿Cómo me sentí en San
Fulgencio en cada una de mis tres etapas profesionales en él? Pues, como solía
decir muchas veces, estaba en el paraíso, me dedicaba a la enseñanza que es lo
que más me gustaba y, encima, me pagaban por ello.

Muy en consonancia con mi forma de entender las relaciones humanas, intenté
respetar a todas las personas y, debo reconocer que, desde la misma cercanía y
ausencia de barreras que yo proponía, siempre me sentí respetado también. Y
muy querido, tanto por el alumnado, como por el profesorado con el que
compartía mi labor y el resto del personal del Centro. En San Fulgencio, la “casa”
en la que más tiempo he pasado a lo largo de mi vida, no dejé nunca de aprender
y he sido muy feliz hasta el último instante de mi presencia en él. La verdad sea
dicha, aún me siento como parte del mismo y lo sigo viendo como algo mío,
resultando imposible que deje de seguir todo lo relacionado con él.

Desde aquí, vaya por delante mi agradecimiento a todas las personas con las
que, de una u otra forma, he compartido mi estancia allí; alumnado,
profesorado, personal de administración y servicios, padres y madres, equipos
directivos… Aunque como ser humano, también tengo mis debilidades;
resultando inevitable que, a lo largo de mi presencia en San Fulgencio, me haya
relacionado con personas que me han resultado más cercanas; de esas capaces
de convertir cada día en toda una aventura, con las que he compartido muchos
momentos extraordinarios. Serían muchas y seguro que me acabaría olvidando
de alguien. Así que, como eso resultaría algo imperdonable, solo voy dar el
nombre de una persona muy especial para mí, que bien podría ser el símbolo
todas las demás y de lo importante que es San Fulgencio para quienes hemos
pasado por él. Se trata de mi amiga Lola Martín; un ser humano y una profesional
como la copa de un pino.

No quiero terminar sin decir que en lo del “traje y la corbata”, es en lo único, que
yo recuerde, que nunca hice caso a mi padre. Pero, para mí fue un orgullo
cruzarme con él cada mañana a las puertas de San Fulgencio, cuando él
regresaba de su paseo matutino y yo empezaba mi jornada de trabajo. Tal es así,
que cuando me faltaron él y mi madre, me sentí casi en la necesidad de cambiar
de aires.

Muchas gracias.

Juan Francisco Fernández Díaz
Maestro y Profesor de Geografía e Historia
En Torremolinos a miércoles 23 de marzo de 2022

Comparte

¡Comparte este artículo con tus amigos!