El día que aprobé las oposiciones en 2006, cumplí dos sueños en mi vida: el primero, que podría dedicarme a aquello por lo que me había preparado; el segundo, que daría clase en el mismo centro en el que había estudiado durante mi adolescencia. 

Recuerdo el momento de incorporación al San Fulgencio como cualquier otro que me haya marcado, como una mezcla de sensaciones agradables y con cierta excitación. Mi año de prácticas transcurrió con una carga de trabajo extra, en adaptación al funcionamiento del instituto formando parte del Claustro de profesores y con ganas de trabajar y motivar a mi alumnado al conocimiento de la cultura y la lengua francesa. Durante los dos años siguientes tuve la suerte de continuar con mi labor en el departamento. 

A excepción de un paréntesis de dos años en el instituto de Santaella, mi relación con el San Fulgencio ha sido desde entonces y hasta el 2020 de compromiso tanto con la enseñanza reglada de diurno (los primeros años), como con la de adultos (desde 2014). He aprendido como profesora y como persona de mis compañeros y de mis alumnos, me he divertido lo más con ellos y también me he llevado algunos sinsabores (los menos) que no mitigan de ninguna manera mi amor por mi profesión. Un intercambio y viajes educativos a París todos los años con mi compañera de carrera y de departamento María del Carmen Villaécija, me han permitido hacer disfrutar a nuestro alumnado (y a sus padres, que aún hoy me paran por la calle para agradecer la experiencia tan bonita que sus hijos vivieron). Con respecto a los momentos divertidos debo destacar las ocurrencias de los alumnos adolescentes, que son muy creativos y tienen menos “vergüenza” que nosotros como adultos. Sin embargo, también esa característica les lleva a protestar, en ocasiones sin razón (son rebeldes sin causa). En una ocasión escuché de un alumno decir: “¿Para qué m…me sirve el francés?” Posteriormente me visitó en el centro para recordarme el hecho (que yo había olvidado por completo) y decirme que estaba trabajando en Francia. En definitiva, mi alumnado adolescente me ha enseñado con su espíritu de solidaridad, de protesta, de energía sin control, de creatividad… 

Por otro lado, debo destacar de mi etapa como profesora de francés y Jefa de estudios de adultos, la serenidad y la relación más cercana con los alumnos del nocturno (hecho que ha cambiado también mi manera de abordar la enseñanza con adolescentes). Los viajes educativos a París continuaron con ellos, con esa satisfacción añadida de haber viajado en algunos casos por primera vez al extranjero. Supuso un cambio de 180º en la metodología de la enseñanza de mi materia y para ello tuve la ayuda del profesorado que impartía clases ahí desde hacía tiempo. El alumnado adulto también contribuyó a mi aprendizaje como profesora y como persona, con sus experiencias tan distintas y admirables y con esas ganas de buscar nuevas salidas y cumplir sueños y con las excusas tan originales para entregar sus tareas tarde. Bueno, más vale tarde… 

En conclusión, sólo puedo agradecer a la comunidad educativa al completo del IES San Fulgencio que me haya permitido crecer dentro de ella y, aunque la vida caprichosa nos hace cambiar de vida y de proyectos, al menos nos permite perpetuar en nuestra memoria y en nuestro corazón todo y a todos los que contribuyeron a hacernos felices. Muchas gracias.

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