Empecé a estudiar en el instituto San Fulgencio y pude salir por fin de aquellas doctrinas asfixiantes del colegio al que nunca deseé ir y que ahora, con la perspectiva y la distancia que me dan los años, recuerdo con un cariño amable e indulgente.

Los años de instituto se convirtieron para mí en un signo irrevocable y sin marcha atrás del comienzo de lo que nos creíamos que era la madurez. Tendríamos nuevos compañeros de clase, nuevos profesores, distinta forma de estudiar y de entender la vida, o así creíamos. Los viernes nos agrupábamos en algún parque donde los más atrevidos empezaban a fumar a escondidas de sus padres y  decidíamos a qué discoteca ir el fin de semana para bailar lambadas con un cubata en la mano. Donde los lunes volvíamos al “insti” sin móviles ni ordenadores y el papel protegido en carpetas forradas con nuestros grupos de música favoritos era casi la única forma de guardar todos los apuntes que necesitábamos para los exámenes.

Recuerdo entrar en mi clase por las mañanas y percibir el agradable olor del ambientador situado en la mesa del profesor, mezclado con el de tiza y madera. Hablar de pie con mis amigos mientras iban llegando y acabar sentados en cuanto llegaba el docente. Aquellos compañeros y compañeras de clase donde las continuas conversaciones y las coincidencias a la hora de hacer los trabajos producían en nosotros una especie de colisión magnética, haciendo que nos volviéramos inseparables. Pero no en todos los casos, en otros simplemente coincidíamos en algunas asignaturas cuando pasábamos de curso o solo mientras entrábamos a los servicios o subíamos las escaleras. Nos saludábamos por cortesía y la amistad no iba más allá.

Cada día el profesor colocaba sus documentos encima de la mesa, y dejaba colgada su ropa de abrigo en el respaldo de la silla, buscaba una tiza y tardaba un buen rato en encontrar el borrador porque casi nunca estaba en el mismo sitio. Ese era a menudo el comienzo de la clase.

Tantos profesores a los que ahora admiro y no me permito nombrarlos porque no me acuerdo de todos sus nombres. 

Las lecciones de algunos profesores y profesoras eran tan interesantes que sonaban entre nosotros como música ligera. Otros tenían la capacidad de soltar la chispa adecuada para crear en el aula un ambiente mágico. Conseguían atraernos hacia sus discursos y, como mi profesor de griego (si, fui una de las afortunadas en poder elegir esa asignatura como optativa) nos hacía buscar entre prefijos o partes de palabras en español significados que jamás les hubiéramos dado ninguna relación. Para él las palabras estaban conectadas por mil formas distintas como eslabones de un infinito collar. Seguro que no soy yo la única que no recuerda el alfabeto griego del todo, pero aún todavía busco significados y leyendas en aquellas palabras que, sin saber por qué, me atraen.

Tengo que reconocer también que me sentía perdida en asignaturas en las que no era buena por mucho que lo intentara. En matemáticas o física era como una niña de parvulario que, sin entender las letras de un libro, suele admirar la forma y los colores en las que estas están representadas.

Cómo recuerdo los susurros y las risas nerviosas mientras, asomadas por las ventanas del “chalet”, veíamos llegar al atractivo profesor de filosofía y corríamos hacia nuestras mesas para esperar su llegada, provocando un seísmo en el endeble edificio prefabricado que incluso parecía temblar de frio en invierno, cuando el viento lo empujaba con fuerza por delante y por detrás.

En aquellos años de instituto donde podías volverte invisible ante tantos rostros, tantas historias y tantos expedientes e informes, me gustaba recorrer los largos pasillos mientras los estudiantes corrían y se cruzaban entre ellos hacia un lado y otro para llegar a clase a tiempo antes de que sonara la sirena.

Entrar en el salón de actos para mí significaba el paraninfo perfecto donde las clases se convertían en obras de teatro o espectáculos interesantes. El momento del recreo era para todos nosotros un lugar de encuentro donde, mientras desayunábamos en el suelo o debajo de un árbol cuando llegaba el calor, nos poníamos al día de todas nuestras vivencias, deseos y fracasos, propias de nuestra edad.

Entrar en el gimnasio conllevaba dos sensaciones muy distintas. Por un lado, en la época en la que yo estudié, las clases de gimnasia no tenían exámenes de teoría y era la asignatura en la que podías estar con tus compañeros mientras hacías abdominales o dabas vueltas alrededor del patio. Por otra parte, ver los potros de madera en un rincón te producía una especie de pánico y deseabas que nunca te hicieran subir a ellos. Además, mi sentido del ridículo se veía expuesto cada vez que teníamos que hacer grupos para una partida de baloncesto porque marcar con aquellos balones granulados cuyo peso te hacía poner las posturas más raras suponía para mí un reto imposible.

Podría seguir escribiendo sobre mi relación con el instituto San Fulgencio durante horas y horas. Tantos momentos, tantos buenos recuerdos, no hacen sino recordar mis estudios de bachillerato como una etapa llena de posibilidades y por eso reincido.

Reincido pero en mis hijos, porque todo lo que viví allí se corresponde a un mundo que ya no está o por mis circunstancias personales ya no puedo pertenecer.

 Mis hijos han estudiado y siguen estudiando en el instituto, donde no escucharán listenings en un radiocassete durante las clases de inglés ni darán  informática con disquetes propios de los años 90,  pero sé, cuando me convierto en mera espectadora de la vida de mis hijos, lo que ellos todavía no saben. Los años que están viviendo a pesar de pandemias, crisis y guerras, serán, sin duda, los mejores de sus vidas.

Comparte

¡Comparte este artículo con tus amigos!